La Peregrina

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23 abril, 2016 por gabrielatorrescuerva

La segunda cabeza rodó como a eso de las diez de la mañana. Nomás de imaginarme que la mártir fuera la Peregrina, me agarró el temblor de maraquera, y cuando eso me da, se me empieza a caer todo lo que agarro como si trajera manteca en las manos. Con todo y todo, me quedé callada; al fin que así me enseñaron. Harto gusto me dio cuando comprobé que aquél había sido un macho, y que en ese estado ya no era nada más que una cabeza en el suelo. Polvo somos, decía mi mamá. Qué ganas de animarme a buscarla ahorita para decirle que ya entendí eso del polvo, que ya no estoy tan pendeja como antes, cuando me parecía imposible pensar en la nadita en que nos convertimos: un puñadito de cenizas, y que nadie es tan importante como para llegar a ser más que eso, lo que también significa que somos iguales, lo que se diría un mundo parejo que me lleva a entender, aunque a medias, eso de los semejantes de los que tanto se habla en estos días.

La Nochebuena puede ser una mierda, pensé al prever el cochinero que yo y sólo yo tendría que limpiar. La segunda cabeza había caído enseguidita de la primera, con poco rato de por medio. Eso me daba doble trabajo, triple, por lo de la cena. Si hay que limpiar, hay que limpiar, pues, qué más. Si no reniego, lo que sí es que dos cabezas significan cuatro ojos, cuatro miradas que me recorren de arriba abajo en lo que junto todo y recojo y meto en bolsas negras y trapeo y paso los trapos y exprimo. Hago como que no me doy cuenta para no caer en la tentación de verlas directamente a los ojos; hay un cierto roce de odio en esas miradas acuosas, lánguidas. No es una invención, ni una más de mis imaginerías. Juro que es imposible no ver el resentimiento a través de la ranura oscura de esos párpados entrecerrados. Y después no poder sacármelo de la mente. Eso es muy feo.

Los Peregrinos estaban al alza en las últimas semanas. Las más de las veces los traían de noche, ya bien entrada la madrugada. Ella, la última, había sido ubicada al fondo del cuarto que está atrás de la cocina, el que da al lote baldío. Había durado lo suficiente como para suponer que había esperanza de negocio, si no, ya le hubieran dado su Navidad, y completita. Yo tenía fe, de esa que mueve montañas, en que se regresara a su casa con todo y vestidito rojo. Será porque vi cosas buenas en ella. Llegó caminando muy derecha, resistiéndose a los empujones y a los maltratos con una dignidad que llamó mi atención desde el principio. Me recordó a mi mamá: no permitía que la ninguneara nadie. La Peregrina, según me di cuenta, tampoco. Venció a la oscuridad de la capucha y obedeció a tientas, como Dios le dio a entender. Le alcancé a ver el vestido, ni muy flojo ni muy pegado, ni muy corto ni muy largo; por el color hacía juego con lo encendido de los amaneceres que siguen a las madrugadas. Su voz, aunque asustada, tenía temple, un valor que ya quisieran todos los de aquí, menos el Señor, que con él no me meto. La Peregrina era una vieja de acero, de puro bronce o de ixtle, tan duro que no lo revienta nada. Me impresionó, y lo digo sin vergüenza, y mientras ella me impresionaba, yo me hacía tonta como es mi deber y seguía en mis quehaceres. Ya me ha ido bastante mal por andar de fisgona.

Me dicen Molécula. Así me puso el Señor desde que llegué, o más bien, desde que me trajo. No estoy muy segura de por qué haría algo así de grave como retachar mi nombre por dónde vino, si viéndolo con buenos ojos, feo, feo, no es, pero no me molesta y me asumo así, como Molécula. Me critican todos por lo que ya dije, por metiche. Y es que a partir de las ropas de los peregrinos, me da por hilvanar historias. Dicen que me encanta hacerle al cuento, pero no me lo dicen así, sino deja de hacerte pendeja, huevona. Una vez, con su mismísima mano, el Señor me partió la cabeza con una piedra por andar regando mis telenovelas entre ellos, nomás alborotando la gallera, si es que me doy a entender. Hubiera querido que me dijera cursi porque así me decían de niña en la escuela, que era muy cursi por dibujar corazones en mis cuadernos y también por hacer la letra bonita y bien formada. Pues no se me hizo: mientras me abría la maceta a piedra limpia, el Señor, en vez de cursi, me gritó flaca de mierda, como siempre. A ver, para qué me ando metiendo entre las patas de los caballos si mi deber es mantenerme al mar- gen de la operación, hacerme la tonta con lo que oigo y veo, como si me hubieran arrancado la lengua y los ojos. Al fin y al cabo, aquí pasa lo que tiene que pasar, aunque a veces se me paran los pelos de miedo cuando oigo las maldiciones, los gritos y los ruegos de los Peregrinos a la hora de la verdad. ¿Y si me condeno con el Señor y todos los demás?, me pregunto a veces; pues ya estaría de Dios, digo yo que aparte tengo el vicio de preguntarme y contestarme solita, pues al fin y al cabo nadie me pela. Así se me va el tiempo más rápido, en la pura platicada.

Cada cabeza significa un fracaso: una cagada de burro, como dicen entre ellos, lo cual se refiere directamente a la falta de metálico, si tampoco estoy mensa como para no darme cuenta de las intenciones de sus palabras. No me gusta el silencio: es un buitre, un anuncio de todo tipo de desgracias. Así es aquí, igualito. De pronto se apagan los gritos de los Peregrinos y el escándalo y todo queda en silencio, como si estuviéramos en un templo, y a mí me dan mucho miedo los templos. Tanto silencio por los Peregrinos caídos me parece demasiado. Pues si de todos modos ya no ven ni oyen ni nada. A mí se me hace que los otros se callan por lo mismo que yo: tienen miedo de las miradas, de que desde el más allá sigan chispeando esos ojos de agua, de cartón y engrudo. El caso es que ya no dicen ni pío, todos al mismo tiempo. A mí, como ya dije, me asusta mucho que todo se quede en blanco. Poniendo cierto cuida- do, se podría oír el zumbido de un mosco. Ya pasados los minutos de silencio, todos se ponen de acuerdo para lo que sigue. Prefiero eso. Más me encanta cuando el Señor con su palabrera inmortal los regaña a todos, porque nunca de los nuncas hacen las cosas bien. Siempre se equivocan en algo. Son unos maricones mal portados, unos inútiles, faltos de güevos, según sus propias palabras.

Y yo que pensé que esa noche me iba a ir a la cama sin atascaderos que limpiar. Pero eso sí, no iba a ceder a la tentación de mirarlas a los ojos, juré mientras picaba cebolla muy finita, justo como le gusta al Señor, dice que se le figura lluvia de nieve sobre su pozole. A veces dice cosas muy poéticas. Los otros no entienden nada, nomás tragan y si más les doy, más tragan, como descosidos. En cambio yo sí comprendo las frases profundas. Se me hace que me chingan tanto por la envidia que me tienen por eso, por ser ca- paz de entender cosas bonitas. Y es que así nací, y así nacieron ellos. Quién sabe cómo será eso de los semejantes, si la verdad hay de todo en esta viña del Señor: otra de las frases de mi mamá, la que decía al darnos la bendición a todas.

No es Nochebuena hasta que se hace de noche, tarada, me decían en mi casa. Mi mamá nos mandaba a dormir a todas en la tarde para que aguantáramos hasta que se fuera el último invitado. Era día de gala, de exhibición. Yo todavía no era Molécula, de hecho, era casi nada: chiquita, la flaca sin chiste de la que se burlaban todos, un renacuajo bien portado. Nadie como yo, y no es por dármela de muy eficiente, para enfrentar el cerro de platos que se juntaba al final de esa noche inmaculada, como la llamaba mi mamá. Recuerdo con especial envidia los desfiles de mis hermanas, que bailaban entre los invitados, con una pluma en la cabeza y vestidos apretados. Yo no podía, aunque quisiera, unirme a ese grupo y aspirar, como mis hermanas, a ser la más cotizada de la exhibición. A mí me tocaba el trabajo sucio, el del deber. Limpiar y limpiar la resaca que iba quedando en los sillones, en los catres, y luego el cochinero en la cocina y por todos lados. A mi mamá le encantaba la Nochebuena; se ponía sentimental cuando daban las doce y sus hijas nos formábamos para darle el abrazo antes de que mis hermanas se fueran a la sala a recibir y yo a quitarle la pelusa a las cobijas. Decía que mi mamá se ponía especial: lloraba un poco entre dimes y diretes navideños. De ahí me aprendí la historia del sufrimiento de Dios y su ángel malintencionado, de la Virgen María tan pura y tan bonita. Lo que siempre me pareció más misterioso era lo del temor a Dios. Nunca se me ha quitado el miedo de que una fuerza superior me haga pedazos por no estar a la altura de los demás. A veces no puedo dormir por pensar en eso; me cuesta trabajo espantarme los nubarrones de malos presagios que como cuervos cruzan por mi mente. No me conviene platicar de eso, pero a veces hasta los oigo aletear. Falta y me tiren de loca. Allá en los tiempos de mi madre, a veces fingía dormir; me tapaba los ojos con el suéter o con un pedazo de colcha para no oír los graznidos de los condenados ani- males que venían por mí, dispuestos a tragarme a picotazos. Y eso que como ahora cumplía con mi deber, me comedía a traer y llevar lo que mis hermanas necesitaran, a limpiar y limpiar para que nadie viera sucio, porque a nadie le gustan los lugares descuidados.

Molécula, o sea yo, resiste todo. Estoy segura de que alguien me dotó con capacidades especiales para resistir; no sé cómo explicarlo, pero una mañana me inflamé de gozo con esa certeza: aguan- tar era lo mío. Lo supe cuando vi por primera vez al Señor y Él, en su misericordia, tuvo a bien invitarme a seguirlo. Quién sabe de dónde, Molécula, que entonces era menos que nada, tuvo fuerzas para seguirlo y caminó y caminó sin quejarse del dolor de pies o de las punzadas en los oídos. Tuvo esperanzas, y cuando uno se siente así, cree de verdad que la puritita fe mueve montañas.

Conseguí servilletas de Navidad para esta noche, especiales, de ribete rojo y verde. Al Señor le puse dos, por si no le alcanzaba con una. Se me desató otra vez la ilusión de que me dijeran cursi, por lo de las servilletas. Ni a flaca de porquería llegué aquella noche. Y a mí que no me gusta el silencio. Estaban de malas por lo difícil que se ponían los tiempos, así que nomás abrían la boca para comer. El Señor se quejó de algo. Los demás se quedaron callados y siguieron comiendo. Yo hice lo mismo, mientras esperaba que terminaran para sentarme yo. Me dirán pendeja, pero no lo soy. Cosas oscuras vivieron a mi mente con tanto silencio. La Peregrina, pensé.

Algún cuento escuché de niña de que atrás de una puerta negra nunca hay nada bueno. Cuando la abrí para darle a La Peregrina lo que quedaba en la olla, que por cierto es lo más bueno y sustancioso, la escuché rezar. No aguanté la tentación y me acerqué, como que me pareció distinguir palabras de lo que nos decía mi mamá ya casi para dormir, y me dio algo de nostalgia, lo digo sin vergüenza. Entonces cometí el pecado mortal y miré de frente a la Peregrina, que siguió hablando, de tú por tú, con las ánimas de la Navidad. Un pecado lleva a otro, me acuerdo bien cuánto me lo repetía una maestra. Ya muy en confianza con la Peregrina, le conté la historia que le había hecho desde que llegara, un cuento de una princesa nocturna, de ojos de acero, y le dije al final una pendejada que se me ocurrió: que en una noche como esa la fe mueve montañas. Me sentí mirada por ella, a través de las cuerdas en las piernas y la sangre, traspasada por su aliento oxidado que seguía rezando. Ruega por nosotros. Así en la tierra como en el cielo. Y todas las que yo me sabía.

Se me cumplió mi sueño. Me sentí cursi al decirle lo de las montañas y la fe; hasta me pareció que ella me lo decía en los ruega por nosotros, pecadores. Le acerqué la cuchara de peltre a la boca y brava, no quiso comer ni un grano. No la reprendí; al fin y al cabo ese no es mi trabajo. Casi por salir, la vi iluminada en el rincón y quise mirarla de nuevo, por si se tratara de mi última oportunidad. Al acercarme, me sentí contagiada por sus agallas, henchida de un gozo que sólo podía venir de la Nochebuena de Dios presente en el corazón; me sentí más Molécula que nunca, sin exagerar. Así fue como lo pensé: yo estaba ahí por algo, porque así es como dicen, por algo pasan las cosas. La atraje ligeramente hacía mí; la Peregrina se hizo bolita y siguió rezando. Me tenía miedo, la pobre. Le dije, otra vez, que en una noche como esa la fe podía mover montañas. Le desamarré las cuerdas, le peiné el pelo embarrado y le puse los zapatos. Le puse una cobija puerquísima en el lomo porque era invierno y le podía dar frío. Apenas si se podía mover; no sé si de miedo o de lo fregada que la habían dejado. Pero de la nada cogió fuerzas, o eso fue lo que yo vi, y dicen que lo que uno ve es lo que realmente existe. Los demás, en la cocina, cantaban con desgano una canción ranchera, ni siquiera recuerdo cuál. Algo le dije al oído y pude sentir su resuello: respiraba muy fuerte, cada vez más fuerte. Abrí la ventana y la ayudé a brincar, con una fuerza que ni me conocía. Por ahí, con la nariz bien pegada al aire helado, la vi caminar, caerse, arrastrarse, levantarse de nuevo. Hasta que se hizo chiquita, se me pusieron borrosos los ojos, y ya no la vi más.

Regresé como si nada, haciéndome tonta que es lo que mejor me sale. Algo han de haber presentido que se levantaron casi todos juntos, menos el Señor: me miraba con esos ojos que parece que no matan ni a una mosca. Me gritaron cosas, me aventaron contra la estufa, me patearon muchas veces. Yo, en estado de gracia, ya ni tenía miedo al saber que pronto todo quedaría en silencio. Me había convertido en una gran Molécula. Mi madre estaría orgullosa de mí. Ya muy claro todo se paseaba por mi cerebro: los semejantes, el temor de Dios. Qué ganas de poder decirle a mi mamá que ya entendí eso del polvo, que ya no estoy tan pendeja. Alcancé a ver al Señor pelar un tejocote y luego echárselo a la boca, limpiar el cuchillo con la servilleta y dárselo a uno de ellos. Entonces vi una centella, un brillo en la noche, la estrella de Belén sobre nuestras cabezas. Luego todo, parejito, se quedó en silencio.

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