El Animal

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23 abril, 2016 por gabrielatorrescuerva

La comida a tiempo lo mantenía fuerte y contento. Como todos los animales, tenía sus predilecciones. Del mismo modo en que los herbívoros no comen carne y los carnívoros, hierbas, él no comía sal, ni azúcar, ni carne de puerco, ni grasas, ni harinas en exceso. Sólo soportaba el pan moreno, ligeramente castaño, casi bronceado. El blanco le causaba unas agruras insoportables y, en casos extremos, gases; entonces sí el ambiente se volvía irrespirable, había que rociar aromatizante por todos los rincones de su espacio, muy a pesar de su alergia a los olores dulces. Debíamos ser cuidadosos con la preparación de los alimentos. De olfato sensitivo, era capaz de distinguir entre un platillo sin sal a uno cargado de especias o cocinado de más. A las dos en punto de la tarde era depositada sobre su mesa la cantidad exacta de proteínas, vegetales, frutas frescas y carbohidratos. Le fascinaba el agua de limón helada; una jarra era provista en el refrigerador todos los días.

Era un animal de naturaleza insomne. Para ello hubo de contratar un plan televisivo que incluyera la mayor programación posible para sus horas muertas. Eso le gustaba al animal: le divertía mucho tener el control en su mano y entre dormitada y sueño cambiar de canal. Un problema en el oído, al que nunca se le encontró remedio, era la causa de los altos volúmenes que provocaban vibraciones continuas a horas inesperadas, cuando los demás dormíamos. Los sustos no se hacían esperar y las grietas en las paredes, tampoco. El animal vociferaba por días acerca del asunto. Por más que se le explicaba que los resquebrajamientos eran a causa de los altos decibeles que a su vez producían vibraciones, el animal se mantenía firme en su coraje y maldecía al arquitecto, al constructor, al pintor, al conserje del edificio, a la mala calidad de los materiales y de pasada a cada uno de nosotros. Era un animal irascible, casi colérico. Por supuesto que lo anterior sólo se comentaba entre nosotros para no irritarlo; además, la discreción nos evitaba el mal rato de ciertas actitudes, como los espumarajos por la boca, por ejemplo. Además era rencoroso y nunca nos hubiera perdonado esa falta de respeto: hablar mal de él a sus espaldas.

Odiaba el calor. Un potente aparato de refrigeración del ambiente mantenía su espacio frío todo el tiempo. Era muy feliz al sentir cómo la humedad de su cuerpo desaparecía y en su lugar quedaba una piel limpia de gotas y molestias, de muñeco de porcelana. A veces se enfadaba de estar solo y daba un paseo por las demás habitaciones de la casa; entonces le gustaba vernos, pero a una distancia prudente. Debíamos ser capaces de intuir su presencia para no topárnoslo frente a frente. Para ello nos hicimos expertos en la técnica de los caminos paralelos: una destreza de autocontrol y motricidad basada en los reflejos sensoriales, una capacidad increíble para responder a sus pisadas, por tenues que fueran, o a sus trotes desaforados, si ese fuera el caso.

Todas las mañanas el animal encontraba junto a su periódico, frutas, jugo y un café expreso. Con el tiempo se agregó al menú un poco de yogurt light y miel de colmena cien por ciento natural. Con sigilo, depositábamos la charola antes de que él abriera los ojos. No era una visión agradable, de cerca adquirían una tonalidad rojiza, de vientos encontrados. Ya en el transcurso de la mañana, a eso del mediodía, cambiaban de rojo a marrón y se hacían mucho más soportables. Con cierta imaginación, podrían ser los ojos del agradecimiento.

 

El desayuno perfectamente balanceado era su combustible para arrancar el día. Cuando regresábamos por los platos sucios, lo agradecía en silencio; era el indicativo de haber hecho lo correcto, ya que como cualquiera de su especie, denunciaba la ruptura del equilibrio natural con gruñidos. Aseguraba que en mayor o menor medida todos los demás éramos estúpidos, aunque le costara entender tamaña falta en el plan universal. Esto ocurría, por ejemplo, cuando por un lamentable olvido faltaba la miel o el café estaba demasiado ligero.

Un par de veces al día hacía ejercicios gimnásticos convenientes para un animal de su condición: los estiramientos, el trote y las zancadillas. Veinte minutos eran suficientes. Esto le garantizaba un estado cardiovascular óptimo, tan necesario para una vida saludable. Revisaba su peso todos los días con el fin de verificar la cantidad de calorías permitidas para ese día.

Alguien le debió haber dicho alguna vez que su voz era agradable. Hablaba mucho frente a un espejo. Si nos tocaba la mala suerte de abrir la puerta cuando estaba en pleno discurso, nos gritaba lo torpes, cuán imbéciles éramos como para no intuir que estaba ocupado frente a sí mismo. En casos así nos retirábamos por miopes, por intrusos, con la cola entre las patas.

Odiaba distinguir el eco de nuestras voces en los rincones de la casa; fue así que adquirimos experiencia en comunicarnos con señas y códigos de entendimiento que cuando menos nos garantizaban la supervivencia. A la que sí escuchaba todos los días era a la bbc de Londres. Consumía programa tras programa, desde política hasta espectáculos. Tomaba notas en libretas negras en las que les imprimía un sello lacrado oloroso a cera quemada. Y es que el animal era ordenado, un ejemplo de organización personal.

A pesar del animal y también gracias a él, nuestra vida era relativamente tranquila. Manteníamos un estado de confort casi envidiable si lo atendíamos bien; si no, a las consecuencias nos ateníamos: una ecuación condicionante muy fácil de resolver.

 

Conscientes de nuestro deber en la vida, lo atendíamos con el esmero y la dedicación que merecía un animal de su clase.

Una noche nos despertaron sus gruñidos y corrimos todos a auxiliarlo. Vociferó cosas ininteligibles, maldiciones, amenazas inconexas. Con él de mal humor, nos era imposible evitar las caras largas y un desánimo general inundó la casa. Se podía tocar el desaliento: una cercana depresión nos unía en una especie de comunidad fracasada. En la mañana dejamos la bandeja en la mesita y nos alejamos temblorosos, protegiéndonos unos a los otros, como soldados. Nadie se atrevió a buscarle le mirada. Teníamos pánico de que una verdad terrible se transparentara en ese vendaval. Acordamos agregar zanahorias a los vegetales del mediodía: alegraban el ánimo y revitalizaban las ganas de vivir; también betabel porque, según leímos, se ha comprobado su capacidad reconstructiva y antioxidante. Para el desayuno, añadimos tostadas dietéticas con queso bajo en grasa, muy recomendables para cuidar el corazón y las articulaciones. No es que extrañáramos su vitalidad, pero un sentido común nos decía que habíamos de regresarlo a su estado habitual para proteger nuestras vidas. Éramos muy jóvenes para morir y teníamos toda una vida por delante. Contemplamos la posibilidad de agruras, dolor de estómago, fiebre reumática, úlceras; llegamos a la conclusión de que de nosotros dependía su salud. ¡Cómo no cuidarlo, si era el animal de la casa!

A mediodía, la bandeja estaba casi intacta. Había consumido el café, pero el huevo y los mazapanes de nuez seguían ahí. Yacía con los ojos cerrados pero no estaba dormido; conocíamos a la perfección las pausas de su aliento. Dejamos la bandeja tal y como estaba con alguna esperanza. Nada. Con la cena, lo mismo. Tuvimos que retirar los alimentos del día y repartirnos las calorías y carbohidratos entre todos porque en esa casa nada podía desperdiciarse. Surgieron nuevas pesquisas: ¿Habría perdido su reloj?, ¿la falta de coordinación lo estaba matando?, ¿la andropausia le estaría pisando los talones?, ¿estaría cansado o aburrido? Revisamos el termostato de su sistema de aire, las calorías exactas de su dieta, las condiciones generales de su espacio, la suavidad de sus sábanas, y cuanta cosa pasara por nuestra mente como una señal de alerta. Todos nuestros esfuerzos provocaron sólo estallidos mayores.

 

A las primeras dentelladas en el cuello acordamos dejar de atenderlo, con todo y las represalias que eso habría de acarrearnos. Parecía que nos quería acabar a zarpazos. Un día nos encontró en el clóset de la cocina, lamiéndonos las heridas y bebiendo té de tomillo y salvia para calmar los dolores. Sólo nos dijo: ¡Yo soy el animal de la casa! Lo tomamos como un aviso de que nos extrañaba: le éramos necesarios. Llegamos a la conclusión de que al no soportar el cuadro, se sintió más animal que nunca frente a sus víctimas. Nuestra posición nos dio cierta ventaja y nos dimos el lujo de ignorarlo. Él se alejó, arrastrando las pantuflas, hacia su habitación. En desquite no le llevaríamos su Proceso ni El Informador. ¡Que se pudriera de ignorancia y de tristeza! Nos teníamos unos a los otros y él estaba solo. El dolor nos hizo fuertes. Una muralla invisible se irguió, poderosa, entre nosotros y el animal desconsiderado. Dejamos de llevarle sus alimentos. Comíamos en silencio y apenas intercambiábamos unas palabras al día. La culpa empezó a hacer de las suyas; los remordimientos nos ganaron la partida. Concluimos que después de todo no era un animal tan distinto a los otros y que había que comprender las oscuras razones de su comportamiento. Planeamos una gira al día siguiente en busca de la reconciliación. Lo haríamos pronto y recuperaríamos el ritual olvidado, el del desayuno. Seguramente al abrir los ojos se complacería al ver que estábamos dispuestos a servirle de nuevo. ¿Cómo explicarlo? Necesitábamos el yugo y la palmada, lo que algunos llaman el palo y el peluche. No éramos capaces de mandarnos solos, de dirigir nuestras vidas por nosotros mismos.

Como los animales a veces huelen mal, nadie se percató. Dejamos la bandeja en la mesa. A un mismo tiempo, temblorosos, tomados de la mano, fijamos nuestras miradas en la suya. Inmóvil. Los vientos estaban en calma.

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