Libélula

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9 abril, 2016 por gabrielatorrescuerva

Un complicado diálogo nos llevó otra vez al asunto de la luz, el más escabroso túnel de nuestras conversaciones. No por favor, clamé, pero ya era demasiado tarde, tú ya

ibas y venías por surtidores de energía. No es que no quisiera que hablaras de ti, por el contrario, hubiera querido que me presumieras el batir de tus alas, el caparazón con que te cubres del frío, tus capacidades para intercambiar universos: de las hojas a las ramas, de las ramas a las hojas; y así, indefinidamente, sin enfadarte. Eso me hubiera parecido muy superior. Yo me aburro todo el tiempo; será que casi no me muevo del sitio donde estoy parado. Por eso buscaba en ti algo diferente. ¿Cómo, con esos ojotes, no te diste cuenta? ¿De qué te servían, pues, semejantes luceros avizores?

Las preguntas sólo servían para acelerar más el pensamiento: la duda mortuoria que atenazaba tanto tu identidad como la mía, porque al mismo tiempo que te cuestionaba, me alejaba a tropezones del cándido aquel que relamió tus manos en busca de un poco de sal para calmar sus ansias.

Desde el principio de los tiempos confundiste los nombres. Libélula no es lo mismo que luciérnaga, traté de explicarte una vez, pero estabas tan entretenida en exponer una larga lista de tus cualidades que no escuchaste. Brillante, dijiste con énfasis; luminosa, con emoción; faro, al referirte a tu capacidad de guiar a los extraviados. Yo tuve la culpa por pedirte que te describieras, por decir las tres palabras fulminantes: Háblame de ti, por ser tan inocente como para creer que hablarías de ti y no de la luciérnaga. Y así, ya con la mecha de la dinamita encendida, empezaste a hablar sin parar, sin pausas, sin detenimiento, moviendo los brazos al ritmo de tus palabras. Te veías bien, para qué negarlo; me gustaba ver el sensualísimo modo en que te enredabas en tus palabras, sorteando a veces las flores acampanadas que osaban interrumpir tu discurso, sumergida en tu pasionaria de maravillas personales. Por lo tanto soy culpable, sí, lo reconozco, por prolongar esa ilusión óptica hasta sus peores consecuencias. Pero me gustaste, si tuviera que decir por qué, diría que por una emanación de ninfa que brotaba de ti apenas yo te tocaba. Un sabor a magia te transformaba apenas hacían contacto nuestras partes complementarias: dedos, bocas, lenguas, piernas, sexos. Eso me excitaba. Me hacía pensarte a cualquier hora del día, contigo presente o ausente. Pero, a decir verdad, me hacías sufrir al permitirme apenas unos leves contactos: miserables toques de hojas de árbol con el viento, caricias insulsas.

 

Copular contigo se convirtió en mi obsesión: oprimirte, sacarte el jugo ese que me dabas con gotero, dejarme traspasar por tu condición depredadora. Te lo dije mil veces, pero la luciérnaga que habías empotrado en ti no te dejaba en paz y seguías con una palabrera luminosa que nada tenía que ver contigo. Ahora entiendo que era una especie de posesión, un embrujo. A cualquier intento de hacer contacto contigo, te enterrabas en el fondo cenagoso de tus cuentos internos y sacabas una muñequita, la luciérnaga, le dabas cuerda y la ponías a bailar enfrente de los dos. Yo, aterido y necesitado, sopesaba mi torpeza inmensa y deducía que nada podría hacer por remediarte, por salvarte del pecado de amar a la ti misma luciérnaga con tal desespere y tan peligrosa obstinación. Tú en miniatura bailabas en círculos; mientras tanto, tú libélula —a la que solamente yo veía— pelabas unos ojotes de ternura y asombro ante tu impostada alter ego que danzaba geométricamente sobre una plataforma espejo. No eres tú, no eres tú, te secreteé lo más suave- mente que pude.

 

Te quise estudiar en comparativo. Pensé que se trataba de una buena idea, considerando tus artimañas de escape. Hambrienta, picoteaste a la primera que te puse por enfrente. Con las demás, empleaste la técnica del espejismo para alejar a otras especies que pudiesen invadir tu territorio. Te movías de tal forma que te proyectabas a ti misma como un objeto estático, mientras atacabas con rapidez a tus víctimas, de tal forma que podías ser mucho más veloz que ellas; las pobres ni siquiera se daban cuenta de tus movimientos. Desgraciadamente aprendí esto demasiado tarde, después del incidente con una amiga a la que consideraste tu rival desde el primer momento, cuando te la presenté. Con aparente calma y en el absoluto fingimiento de una postura tranquila de atención y escucha al prójimo, la desbarataste con alusiones inesperadas y sumamente creativas. Inmediatamente después te prendiste de mi brazo, movimiento también inesperado, y le sonreíste de tal manera que ella, bastante disminuida y en un acto de supervivencia, tuvo a bien no acercarse a mí por largo tiempo. Tú te quedaste de lo más contenta, como si te acabaras de tragar un mosquito.

Tu luminosidad, decías, no era algo común entre las demás. De hecho —y lo decías con rotunda seguridad—, la capacidad de generar luz propia se debía a razones elevadas que tenían que ver con la condición espiritual que se traía ya en la genética. Por eso somos pocas, decías. Te referías a que ninguna otra hembra común podría conseguir luminosidad por sí misma. Y así hablabas y habla- bas, mientras yo te observaba el cuerpo con detalle, con la intención voraz de encontrar indicios de comprobación: un destello, un sig- no de luz verdadera, un túnel brillante a la vista… Tu miopía no te deja ver mis maravillas, me decías a la oreja. ¿Qué podía yo decirte, con qué respuesta sorprenderte? Si eras tú la que llevaba el control de un diálogo unilateral, de ser eso posible. Un torrente confuso de nociones inconexas iba y venía como las olas del mar para reventar sólo en mí: pobre sujeto confundido que, creyendo sin ver, se había aventurado en la tarea de amar a una libélula hecha y derecha, quien no aceptaba su condición natural. Yo, persistente, sólo podía oler tu aliento a plantas acuáticas y a lodo. Y eso, en fangosa combinación, me hacía pensar en tu abdomen arqueado, en la gloria de tenerte a mi disposición como a mi ninfa invertebrada. Llegado el momento acepté la dualidad: te me antojabas, era la única verdad, luciérnaga o libélula, Cleopatra o Circe. Yo quería engullirte, pero no te dejabas, te resistías, te la pasabas en intensa lucha por desprender tu piel musgosa a jalones y en pasarte por el cuerpo lastimado esa cobertura de sol que parecía repelerte, salirse de ti cuando no te dabas cuenta. Pero tú sólo hablabas de la luz; de la luz, de la luz. Te hipnotizaba tu propio discurso. Entonces yo quedaba al margen, en la línea divisoria entre la luciérnaga que querías ser y la libélula que eras: un peligroso contraste.

Me acostumbré a tus ojotes de tecolote: parecían tener la intención de tragarme vivo con sólo una mirada. Tenían capacidades especiales, por ejemplo, ver todo al mismo tiempo con vista periférica. Daban la impresión de ser laterales, como si estuvieran al unísono enfrente de tu cara y en las orejas. Una suerte de composición enigmática por la oculta significación de tan extraña estructura. Más de una vez me quedé prendado a ellos mientras hablabas; me entretenía ver cómo vibraban ligeramente en los puntos clave de tu tema, precisamente en aquellos donde te apersonabas en fuente de poder y me veías como a un subdesarrollado con cara de cochinilla o escarabajo. Entonces no me dejabas acercarme -una delgada línea se interponía entre nosotros- ni siquiera a decirte cuántas ganas me daban de atascarme contigo en un estanque cualquiera.

Bioluminiscencia, dijiste una vez, segura de mi incapacidad para comprender términos de ese tamaño. No me interesó indagar acerca de semejante palabra: tan lejana a ti y a mí, tan ficcional. Yo seguía atorado en tus ojotes, ya ni siquiera me interesaba argüir sobre la contraposición de tu verdadera personalidad y aquella que exhibías a todas horas. Perdí fuerza; tal vez me distraje con la luminosidad inexistente que despedías a chorros.

El juego antónimo de tus personalidades provocó en mí aluci- naciones de luz y de sombra. Me confundió la máscara y la realidad; mi acostumbrada indagación se dejó vencer por la puesta en esce- na de una luciérnaga inmortal, Diosa suprema, dueña del universo. La libélula, en cambio, se extinguió en mi mente, carente de toda protección. La abandoné y lo acepto, pero nada pude hacer con el hechizo de tus caireles dorados y ese halo verdoso que parecía envolvernos a los dos.

Una noche lluviosa y efervescente, por primera vez en mucho tiempo, guardaste silencio. Como si te hubieras hartado de hablar de la grandiosidad de tus destellos, te volviste gris como realmente eras y me dejaste oler tus axilas de tierra mojada. Mientras en tu versión fulgor te me perdías en vueltas bruscas y jalones, en la de gusanos me dejaste chupar tu sangre como una sanguijuela. Tal vez te perdiste junto conmigo en la emanación de tierra y lirios que se produjo al mero contacto. Lo cierto es que cuando te diste cuenta, ya estábamos enredados y tu cola de pétalo hacía nudos conmigo.

Lo que diga de aquí en adelante puede parecer una exageración y, quizás, una reconfirmación de mi inferioridad ante las ojonas de tu especie. No sólo aceptaste copular conmigo, sino que te regodeaste en hacer notar la distinción entre mi única y aburrida personalidad, y tus matices explosivos. Desde el principio manifestaste tu superioridad de hembra ambivalente. Tu tórax larguísimo parecía no tener fin. El camino hacia tu sexo fue un viacrucis: mientras yo desbrozaba el terreno para llegar a ti, te reducías a larva, mutabas en ninfa, te acariciabas el caparazón, desplegabas tus alas. Ya en el centro de la gloria, perdido yo en la mansedumbre de plantas podridas, te oí zumbar. Entonces ocurrió, tan rápido como una centella cruza el cielo: con la mandíbula y las patas me apresaste como a una mosca y me hiciste pedazos en tan solo unos segundos. Tus ojotes, más crecidos que nunca, planos, ausentes de todo colorido, fue lo último que vi cuando te fuiste. Me quedé quieto, como muerto, por mucho tiempo.

 

Cuando recuperé gran parte de lo que había sido, te oí zumbar. Temblé de cuerpo entero, de la cabeza a los pies, de la razón al laberinto de los extraviados. Mis pensamientos confabularon en contra mía pero pude reponerme, salir de ti y echar tu recuerdo al vacío. Me convertí, eso sí, en un desconfiado de las palabras. Ahora ya no creo nada de lo que me dicen, además, para qué ocultarlo, me he convertido en un ser divagador por excelencia. He llegado a pensar que las personalidades íntegras, genuinas, son sólo el producto de mi imaginación. Poco a poco he pulido mi estrategia amatoria. Me dedico ahora, casi de tiempo completo, al estudio de gamas tornasoladas, verdaderas o no.

En cuanto a ti, me pesa decir que en mis momentos de más debilidad y desamparo, todavía te oigo zumbar. Y tiemblo.

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